Pocos goles, mucha emoción

Cuando el Mundial volvió a ser disputado en Italia en 1990, 56 años después del primer título de la Azurra, mucho había cambiado en el país, y también en el mundo. Si en 1934 ganar el título bajo la mirada del dictador Benito Mussolini era prácticamente una cuestión de vida o muerte, en la 14ª edición del torneo los italianos entraron como favoritos, organizaron el torneo en 12 sedes, reformaron diez estadios, construyeron dos arenas gigantescas en Turín y Bari y se prepararon, con la fuerza de la eufórica hinchada, para convertirse en los primeros tetracampeones de la historia.

Pero la misión se revelaría complicada. Todas las selecciones que ya habían sido campeonas mundiales hasta entonces se clasificaron para el torneo: Brasil, Uruguay, Argentina, Alemania Occidental e Inglaterra, además de la propia Italia. Uruguay era solo una sombra de la Celeste Olímpica. Sobre Brasil flotaba la duda: ¿cómo el equipo de Sebastián Lazaroni iría a reaccionar en su primer Mundial sin la brillante generación de Zico, Falcão y Sócrates?  Argentina contaba con el genio Maradona;  Inglaterra tenía no solo a Gary Lineker, goleador en 1986, sino también al endiablado Paul Gascoigne; y Alemania vivía con Franz Beckenbauer como técnico y Lothar Matthäus, Jürgen Klinsmann y Andreas Brehme como atletas destacados.

Aun con tantas atracciones, el Mundial de 1990 tuvo el menor promedio de goles de la historia: solo 2,21 por partido. El torneo terminó consagrando un estilo de juego más serio, de mucha marcación y poca osadía. El equipo que más desentonó de esa regla fue una sorpresa: Camerún. Liderados por el carismático Roger Milla, los entusiastas cameruneses comenzaron a hacer historia con una victoria sobre la Argentina, enseguida en el estreno, por 1 a 0. Después, vencieron a Rumania, se clasificaron primeros en su grupo y además vencieron a Colombia en las octavas de final. La primera selección de África en llegar a cuartos de final, Camerún, sólo dio su adiós al sueño frente a Inglaterra, en la prorrogación.

Los ingleses llegaron por primera vez a la semifinal desde 1966 y después nunca más consiguieron ir tan lejos. Pero en 1990 las chances de garantizar el soñado bicampeonato eran reales. El buen equipo británico contaba con jugadores como Gary Lineker, David Platt, Ian Wright, y el veterano arquero Peter Shilton. Además, claro, de Paul Gascoigne. Polémico e irascible, el atacante se transformó en el ícono de la decepción inglesa. En la semifinal contra  Alemania, Gascoigne recibió tarjeta amarilla, que automáticamente lo dejaba fuera de la final, si Inglaterra continuase. Consciente de eso, Paul comenzó a llorar copiosamente dentro de la cancha. Una de las imágenes más impactantes del torneo fue la del atacante Lyneker avisando al banco inglés que el compañero estaba visiblemente deprimido. Coincidencia o no, el equipo inglés terminó eliminado en los penales.

En la otra semifinal, más emoción.  Italia, dueña de casa, enfrentaría a la Argentina justamente en Nápoles, tierra que idolatraba a Diego Maradona. Dieguito había llevado al equipo de Nápoles a niveles nunca soñados por su fanática hinchada. Siempre controvertido, el camiseta 10 convocó a los napolitanos a hinchar por Argentina, alegando que el Sur de Italia era históricamente despreciado por el Norte. El llamado de Maradona llegó a dividir a los italianos, que vieron a los argentinos vencer en los penales y asegurarse en la final.

La gran decisión, en Roma, colocó frente a frente a los mismos equipos que, cuatro años antes, habían disputado el trofeo. El vencedor se igualaría a Brasil e Italia, con tres conquistas mundiales.  Argentina apostaba en Maradona, que prácticamente solo, garantizara el bicampeonato en 1986. Pero  Alemania quería venganza. Y ella vino de los pies de Andreas Brehme. De penal, él marcó el único gol del juego. El capitán Lothar Matthäus levantó la copa y entró para la historia como el líder y principal pensador de aquel equipo. Además, Franz Beckenbauer se igualó a Zagallo como los únicos hombres en conquistar la Copa del Mundo como jugadores y también como técnicos.

Era Dunga
Campeón de la Copa América en 1989, Brasil tenía buenos jugadores en su elenco; para citar solamente algunos: Romario, Bebeto, Careca, Renato Gaúcho, Mozer, Aldair, Ricardo Gomes, Mauro Galvão y Taffarel. Aun así, el equipo del técnico Sebastián Lazaroni no inspiraba confianza en los simpatizantes. El entrenador optó por el esquema táctico 3-5-2 y, por  primera vez en la historia, la Selección Brasilera jugaba de manera tan defensiva.

El resultado fue un fútbol apático.  Brasil sudó para clasificarse en la primera fase. Aunque había conseguido tres victorias, fueron todas en apuros: 2 a 1 a Suecia, 1 a 0 a Costa Rica y 1 a 0 a Escocia. En los octavos de final, encuentro con la Argentina, que había pasado vergüenza en la etapa de grupos, perdiendo inclusive contra Camerún, pero que contaba con Maradona.

Y fue justamente de los pies del camiseta 10 argentino que surgió la jugada fatal. Brasil dominó el partido y creó chances de gol. Pero, cuando faltaban 10 minutos para el final del tiempo reglamentario, Maradona arrancó con el balón, pasó por los marcadores brasileros y encontró a Claudio Caniggia libre en la izquierda. Cara a cara con Taffarel, el atacante no desperdició.

Brasil aun intentó empatar basado en la desesperación, pero la derrota precoz marcó no solo la peor campaña de la Selección desde 1966, sino a toda una generación.  Aquellos días de fútbol atípico, enfocado en la marcación, quedaron conocidos como “Era Dunga”, en referencia al aguerrido volante gaúcho que más tarde tendría su redención.

Fuente de datos: Fifa.com